Un llamado a la cohesión femenina


El 25 de noviembre se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha que pretende visibilizar, denunciar y reclamar la completa erradicación de la violencia sistemática que somete a una gran población de mujeres alrededor del mundo. El origen de este día se remonta a 1981, año en que el movimiento feminista latinoamericano gestionó la iniciativa de celebrar una fecha en contra de la violencia contra la mujer, rememorando además; el año 1960, cuando las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, líderes activistas, fueron asesinadas cruelmente por el régimen de Rafael Trujillo en República Dominicana. Tras 37 años del establecimiento de esta fecha, se podría decir que se han conseguido algunos logros, pero los retos y desafíos son muchos; sobre todo, para las mujeres que se encuentran en condición de pobreza y vulnerabilidad.

Según organismos internacionales como la ONU, pese a que se han alcanzado ciertos avances en cuanto a disminuir la brecha de género y sus posibles consecuencias, la violencia contra la mujer sigue siendo un problema acuciante; sobre todo, cuando nos referimos a las complejas dinámicas sociales, políticas y económicas que caracterizan este siglo, como la masiva migración. De ese modo, fenómenos como la violencia doméstica, el tráfico sexual, la ablación, el matrimonio infantil y la violencia sexual siguen estando sobre la mesa. El caso colombiano representa esta difícil situación, todavía más, cuando nos referimos a las mujeres que pertenecen a minorías étnicas y no habitan contextos urbanos.

En cuanto a ese contexto colombiano, este 25 de noviembre miles de mujeres en municipios y ciudades alrededor del país, se dieron cita para celebrar y conmemorar esta fecha. Uno de los eventos enmarcados en esta celebración fue la “trenzatón”, un evento organizado por Nazly Blandon Mercado, líder activista; quien logró convocar más de 200 organizaciones y unir territorios y varios países, a través del símbolo de la trenza. Aunque este evento y otras iniciativas, lograron convocar un sin número de mujeres, la proporción de participantes es todavía muy baja con respecto a la población total de mujeres. ¿Por qué un evento que aspira a generar profundos y necesarios lazos de cooperación y sororidad, reciben escasa atención?, ¿Qué hace falta para que mujeres de todas las condiciones, etnias, creencias y orígenes logren unirse por una misma causa?, ¿Qué pasaría si todas las mujeres, sin importar sus procedencia y diferencias, se unieran para resistir?

Todas estas preguntas resultan primordiales y por importantes, no tienen una sola respuesta. A lo mejor una de las respuestas es completamente trivial y sencilla- y fue el caso de la escritora de este texto-y es el completo desconocimiento de la realización de estos eventos y la conmemoración de este importante día. Otra respuesta posible es más compleja y más difícil de escuchar: resulta que todas las mujeres somos distintas y nuestras luchas frecuentemente difieren. Es posible que una mujer blanca o mestiza, con una serie de privilegios, le cueste identificarse y solidarizarse con las luchas y las necesidades de mujeres distintas, fuera de aquellos privilegios, Lo que haría falta entonces, es reconocer que el dolor y la precariedad nos une a todas, y que a lo mejor, todas hemos experimentado violencia por el simple hecho de ser mujer: un simple piropo en la calle, un trato diferente en el trabajo. Cuando podamos reconocer aquello, y unirnos a pesar de las profundas diferencias, a cada una le corresponderá un poco de esos “privilegios”, pero sobre todo, cada una podrá vivir siendo merecedora de derechos y absuelta del miedo de ser mujer.


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