¡Hay que dislocar al feminismo!


Con los años hemos visto cómo se robustece el movimiento feminista a lo largo y ancho del mundo. Muchas mujeres han encontrado en este discurso la posibilidad de consolidar una voz que pueda hablar desde sus singularidades y necesidades. No obstante, gracias a su posición de privilegio, el feminismo hegemónico; aquel que materializa las luchas de mujeres occidentales, blancas/ mestizas y de clase media/alta ha terminado por estandarizarse y por imponer su agenda y programa ideológico y político. Con esto no se quiere sugerir que el feminismo occidental como lo conocemos sea algo condenable; sin embargo, si resulta pertinente preguntarnos por los límites, los retos y las responsabilidades del feminismo contemporáneo.

Es importante que haya aparecido el feminismo porque nos ha permitido visibilizar las relaciones de poder, las estructuras sociales y las dinámicas de representación que han posibilitado la posición de desigualdad que las mujeres han tenido históricamente. Lo que también es importante es que no se vea con vocación de universal el feminismo dominante, que no se crea que pueda representar a todas la mujeres y sus respectivas luchas. Hay feminismos como hay mujeres. El feminismo no es de ninguna forma una doctrina neutral, general y absoluta; todo lo contrario, del feminismo se espera que pueda expresar todas las complejidades, matices y contradicciones de ser mujer. Precisamente, producto de este deseo es que con el correr de las décadas y de todas las orillas, han aparecido disímiles y distintas corrientes: feminismos africanos, islámicos, negros, etc.

El caso de Latinoamérica y el Caribe es absolutamente desafiante. Según recientes informes de ONU Mujeres, las niñas y mujeres en estos territorios padecen una discriminación generalizada, condición de pobreza y desigualdad sistemática, consecuencia entre otras cosas, de la brecha de género. Por otro lado, las mujeres negras padecen por su raza o etnia, de un estado de desventaja respecto a otras mujeres del continente. A causa de esto, en nuestro países el feminismo ha alcanzado otros registros para referirse a las múltiples condiciones de discriminación que sufren las mujeres, cuestiones que rebasan completamente el género.

En este sentido, en Colombia y en toda Iberoamérica han surgido corrientes e iniciativas que pretenden cristalizar estos feminismos disidentes. En nuestro país, durante los últimos años ha tomado fuerza el feminismo afrodiaspórico, una práctica que propone consolidar agendas propias para las mujeres afro, con una voz afianzada en el terreno académico. Por otro lado, han emergido plataformas y como Dos latinas y Siete polas; propuestas que materializan la reflexión sobre las feminidades y el anhelo de sororidad. En España, por ejemplo, han surgido proyectos como Afroféminas, un espacio que aspira a través de la literatura y el periodismo han construir un diálogo abierto que plantee estas inquietudes.

Se trata entonces de construir movimientos que manifiesten con fuerza las particularidades, las carencias y las exigencias de las mujeres en todas las regiones del planeta. Una corriente polifónica que pueda articular agendas representativas. Nos encontramos en una coyuntura que ha terminado por dislocar al feminismo dominante; los feminismos que nos quedan no solamente reclaman un análisis interseccional, sino que proponen delimitar un lugar de enunciación como espacio de trinchera y territorio de resistencia.


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